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miércoles, 10 de abril de 2013

Ignatius (2)

-¡Es la última vez!. No es posible que unos cientos de hombres armados, hayan pasado el limes sin que nuestros centinelas se den cuenta. Es imposible. ¡Es increíble!-

La voz atronadora del Dux sonaba de fondo, mientras dos soldados conversaban tras la puerta de la sala de audiencias. Una sala improvisada que, en otro tiempo, había sido la parte fría de unas termas. Esto ayudaba a que el ambiente se volviera más gélido y lúgubre por momentos.

-Parece que está cabreado. La verdad es que esta vez tus hombres se han lucido-, comentaba Kostas.

-El caso es que quieren que estemos alerta durante todo el día. Pero no dispongo ni de hombres ni de alimentación necesaria. De ésta manera, poco nos queda ya que hacer aquí. Tanto tú como yo, y muchos otros sabemos que estas campañas inútiles son obra del pensamiento de un loco. Un loco al que no le importa la muerte de sus hombres, mientras nos observa a semanas de distancia-.

La verdad es que Amanatidis llevaba toda la razón, pensaba Kostas. Ellos llevaban la friolera de más de diez años fuera de su Capadocia natal, luchando por mantener unas fronteras que sólo servían para el orgullo del César. 

La sala en la que se encontraban, el antiguo vestuario de esas termas, todavía conservaba algunas viejas lápidas en las que se podían leer las normas de uso de las mismas, las cuales eran diferentes para gladiadores, ciudadanos e incluso con los horarios para mujeres y hombres. El interior de la sala, conservaba la decoración marmórea de antaño, con piezas procedentes de todas las partes del antiguo Imperio, el de Augusto. El pronunciar su nombre todavía daba respeto, y más cuando se encontraban en ciudades como aquella que, sin duda, había sido promocionada por él mismo y su familia. Su imagen y su nombre lucían todavía por todas partes. Pero ya no adornaban paredes relucientes del foro de la ciudad. En la actualidad, en muchas de las casas, se podían encontrar restos de lo que en otro tiempo habían sido proclamas en piedra para con el Padre de la Patria, Augusto. El que había traído la Pax. Aquel en el que todos veían, ya en vida, a un nuevo dios, que Tiberio se había encargado de crear. 

Ese tiempo ya había pasado. Toda la suntuosidad que un día había rodeado a ciudades como ésta, se desvanecía entre el polvo acumulado de edificios vacíos, calles desposeídas de sus losas y una sensación de apatía entre los pocos habitantes que quedaban en ella. Poco tiene que ver esta imagen con la que se hubiera encontrado el escritor Polibio unos siglos antes cuando, acompañando a Escipión Emiliano en su llegada a Hispania, había descrito esta población como si fuera un ejemplo para el orbe romano.

Aunque los altos muros, todavía visibles, del foro y sus edificios aledaños se encargaban de recordarlo paso a paso desde que se entraba a Spartaria, la antigua Karthago-Noua no era más que una alargada sombra desposeída de la vida a la que estuvo pegada algún lejano día. Una sombra fría, marchita, y llena de recuerdos atrapados entre las paredes de habitaciones como en la que se encontraban Kostas y Amanatidis. Unas habitaciones en las que, si te quedas en silencio durante un buen rato, todavía puedes oir el tintineo del agua, las risas y llantos de las personas que por ahí pululaban, las zancadas de niños correteando por las salas, los sonidos, en fin, de una ciudad viva.

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