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martes, 3 de septiembre de 2013

Nuestros espacios

Entrar en cualquier tipo de templo suele despertar en el Ser Humano, por lo menos en muchas de las personas que conozco, una sensación de Paz interior, que transporta al que la vive a lugares inciertos de su mente. Un estado que en pocos sitios podemos encontrar, sobre todo, en este mundo que cada día nos conduce de manera más rápida a cualquier sitio. 
Pensaba en estas cosas al entrar el pasado día 25 de Agosto en la Iglesia del Estrecho de San Ginés, pedanía cartagenera, para colaborar con mi presencia y la de otros compañeros de causa, en la promoción de la procesión que cada año, sus habitantes le hacen al santo. Un santo cuya adoración se pierde en el tiempo entre reyes francos, monjes godos y cabezas galas cortadas. Un santo al que hemos dedicado en este espacio numerosas líneas porque apostamos por la regeneración del espacio que históricamente ha ocupado su santuario frente a las costas del Mar Menor, en un camino transitado desde antiguo por numerosas culturas, y que ahora ve pasar a los miles de coches que cada día atestan en verano la carretera que une Cartagena con La Manga, preguntándose muchos de los ocupantes de esos vehículos hasta cuando tiene que dormir ese convento el sueño de los justos.
No es que de repente el que escribe se haya vuelto un ferviente creyente, pero amo el patrimonio histórico como cualquier persona con dos dedos de frente, y a muchos nos gustaría poder desentrañar y sacar a la luz la Historia que todo ese conjunto esconde. Al igual que otros compañeros, en otro tiempo, han hecho en sitios que, si bien tienen una carácter religioso para las personas que los han construido, para los que los estudian o los visitan, muchas veces tienen un sentido de tranquilidad, sosiego y paz.
En muchos de los templos que he podido visitar, -y confío en que aún me queden unos cuantos por ver-, tanto de religión cristiana, como islámica, judía, romana, ibérica, los "arquitectos" han conseguido el propósito para el que construyeron el edificio, o ambientaron el espacio: conseguir que la persona que se introduzca en él, se sienta más cerca de su dios. 
En visita hace unos pocos años por algunas de las iglesias románicas del Pirineo catalán, recuerdo la sensación de proximidad con el Pantocrátor de Tahull, la luz tenue en el interior. O la Saint Chapelle de París, con unos muros casi inexistentes. El Santuario de la Encarnación de Caravaca, que antes había sido un templo romano, y aún antes un santuario ibérico, que nos da la bienvenida reutilizando toda la planta de la cella romana para realizar la ermita. Una ermita que, anque vacía, relaja los pensamientos negativos.
En fin, todo un complejo sistema de propósitos que intentan ayudar al creyente, y a los que no lo somos tanto, a llegar a la conversación directa con el dios de turno, o a sentirnos en un espacio que nadie nos puede perturbar: el nuestro.