Seguidores

lunes, 9 de enero de 2012

Los monjes galos arriban a Carthago-Spartaria

El levante arreciaba aquella mañana de Marzo. El pequeño barco que conducía a los portadores de nuevas ideas, venidos de la antigua Galia, llegó al puerto de aquella a la que llamaban Carthago-Nova cuando el primer rayo de sol apuntaba en el horizonte isleño.
Habíamos llegado a Hispania, otrora provincia del acabado Imperio Romano de Occidente, en flaca decadencia desde que las minas dejaron de dar sus frutos. Nada más descender por la pequeña pasarela que nos conducía al muelle, nos dimos cuenta que aquella ciudad había vivido tiempos infinitamente mejores. Ahora sólo podíamos observar marineros borrachos agolpados en las tabernas de mala muerte, junto con prostitutas que ofrecían su servicio incluso a nos, monjes llegados del norte. Lo único que podíamos hacer por varias de las gentes allí agolpadas era rezar, porque el señor misericordioso los llevara al buen puerto del descanso eterno, antes que se hicieran más daño a ellos mismos y a los que les rodeaban.
Llegó entonces a nuestra altura, el olor insoportable de un contenedor en el cual, según decían, descansaba la última producción del famoso "garum", la salsa de pescado tal alabada por el impío Plinio siglos atrás. Había tenido la oportunidad de leer sus obras, al igual que las de Polibio y Livio, para ilustrarme sobre la más que honrosa historia de esta deprimente ciudad.
En la actualidad se encuentra en poder de los romanos de oriente, venidos de Bizancio, por la gracia de su señor, Justiniano. He de decir, que las noticias que llegan no son buenas, puesto que, mientras que el emperador agoniza en sus palacios opulentos, su imperio renovado también agoniza con él. Los germanos vándalos de Africa no terminan de someterse, y en la vecina Italia, las revueltas entre diferentes clanes dinásticos, han dado al traste con la toma y posesión de Roma.
Así pues, con este panorama tan desolador, que no es otra cosa que un cambio orquestado por el altísimo, llegamos a este puerto decrépito, del que una vez partió Aníbal, el gran general púnico, para no volver. Nos han hablado de la familia del Dux Severiano, antiguo gobernador de este lugar. Un gran hombre, con grandes hijos, que según parece, han tenido que salir de aquí y dedicarse al sacerdocio. Esperamos que el señor les depare mejor destino que a la ciudad en la que nacieron.
Nosotros, por nuestra parte, arribamos en este día ventoso, para dirigirnos, a través de las ruinas que un día fueron edificios majestuosos, a un paraje, cercano a la laguna salada, en el cual se establecieron los hombres desde el comienzo de la creación. Según dicen, ya los pueblos anteriores a Roma se establecieron en sus cercanías para alabar a sus dioses en los promontorios gemelos. Ellos tal vez no lo sabían, pero estaban alabando al mismísimo Dios...
Allí nos dirigimos. Donde desde hace un tiempo se han establecido unos compañeros que siguen las ordenanzas de San Agustín. Habitan unas cuevas en un monte cercano al mar, desde el cual habrán divisado nuestra llegada. Dedican todo el día a la meditación, a llegar a conocer a Dios. E incluso algunos han hecho votos de silencio, según nos comenta el monje que ha venido a nuestro encuentro al puerto.
Esperamos que nuestro nuevo establecimiento religioso sea de su agrado, y un punto de encuentro para todos aquellos que peregrinamos a adorar a nuestro querido Gilles...