Seguidores

jueves, 24 de noviembre de 2011

En noches como ésta...

Hoy toca noche lluviosa. Una de esas noches que ansío que lleguen todos los años por estas fechas. Noches de fresco otoñal, mezclado con ese olor a humedad, que dejan las gotas de agua al rozar la tierra. Una tierra que soporta un ir y venir de caminantes sin camino, que, como diría Machado, se hace camino al andar. 
Me encanta el rumorcillo que deja en el ambiente mañanero una noche lloviznera. Salir al día siguiente de una tormenta, con la impresión de que la vida vuelve a resurgir de entre las aguas caídas. Me gusta pensar que, en cierto modo, y como pensaban nuestros antepasados, el tiempo es cíclico. Todo vuelve; todo pasa una y otra vez, con variaciones, pero dentro de un mismo universo causal.
¿Qué fuimos en nuestras vidas pasadas? como diría una persona que cree en la reencarnación. O, ¿qué pasó exactamente donde vivimos actualmente? ¿Ha sido nuestro alrededor siempre así? ¿O ha ido evolucionando desde la nada hacia el todo?
Pienso que lo que vivimos ahora es consecuencia de las cosas pasadas, vividas por otros "yoes", y que la vida la dirige un narrador omnisciente, mezclado con las decisiones atemporales que tomamos todos en un momento de nuestra vida. Y, de repente, todo se para. Volvemos a la tierra que nos vio nacer, pero ella siempre seguirá ahí. Podrán hacer edificios, tirarlos y volver a construir. Pero siempre permanecerá algo. Aunque sea en la tradición o en los recuerdos de nuestros descendientes.
Intentándolo explicar desde una óptica entendible, es como visitar un antiguo edificio abandonado. No sé si le pasará a todo el mundo, pero aquí al que escribe, le gusta imaginarse ese edificio con vida. Y parece muchas veces que la vida nunca abandona el sitio. Podemos ver a las personas caminando por un claustro abandonado, regando sus huertos, orando en una iglesia antigua, incluso comiendo. Tomando como ejemplo el tema que nos lleva de cabeza desde hace algunas semanas, el Monasterio de San Ginés; podríamos imaginarnos cómo sería la vida entre esas paredes que un día fueron fortaleza que protegía de los ataques piratas, al día siguiente un monasterio conocido en la zona; para terminar siendo una casa intrusa que deformó todo el edificio y el entorno. Abandonada a su suerte durante décadas, todavía parece que podemos "oler" la vida en esas estancias, en la iglesia. Podemos imaginarnos a las personas labrar los campos cercanos, y entrar en el monasterio asustados cuando un berberisco toma tierra en el Mar Menor. ¿Quién con imaginación, no ha soñado en convertirse en pirata alguna vez? Surcar los mares en busca de aventuras que un día contar en una taberna frente a un vaso de ron, recordando los tiempos en que asaltaba galeones en busca de tesoros. O abordaba pueblos raptando a doncellas para hacerlas esclavas en un harén. 
De éste monasterio que hoy en día está desmochado por la acción del padre tiempo, junto con la desvergüenza de unos muchos, podemos contar mil historias. Y podemos imaginarnos mil más...